Jesuita parisino de familia acomodada, muerto entre los petunes absolviendo a los heridos bajo el ataque.
Hijo de un secretario del rey, Carlos Garnier partió para Nueva Francia a los treinta años y nunca volvió; trabajó trece años entre los hurones y luego entre los petunes, reputado por una dulzura que contrastaba con la rudeza de la misión. En diciembre de 1649 los iroqueses atacaron el poblado de San Juan mientras él era allí el único sacerdote. Alcanzado por dos balas, siguió arrastrándose hacia un herido para darle la absolución; lo remataron a hachazos. Sus compañeros encontraron su cuerpo despojado en medio de las cenizas. Canonizado en 1930 con los otros siete mártires canadienses.