Cristianos entregados a las fieras y quemados en los jardines de Nerón tras el incendio de Roma, en 64.
Tácito, que no amaba a los cristianos, es nuestro testigo: tras el incendio del año 64, Nerón buscó culpables y señaló a «los que el vulgo llamaba cristianos». Se los cubrió con pieles de fieras para hacerlos despedazar por los perros, se los crucificó, se los untó de pez para alumbrar de noche los jardines imperiales. El historiador anota que la crueldad del espectáculo acabó por suscitar compasión, incluso entre quienes los juzgaban culpables. Es la primera persecución atestiguada, y el suelo donde Pedro y Pablo habían de morir. Su memoria, largo tiempo confundida con la de los apóstoles, recibió fiesta propia al día siguiente de la suya en 1969.