Empezó un puente sobre el Ródano y murió un año antes de que se acabara.
En 1177, cuenta el cronista Roberto de Auxerre, «un joven llamado Benito llegó a Aviñón diciéndose enviado de Dios para construir un puente sobre el Ródano. Se burlaron de él… pero insistió con tal convicción que la obra tan difícil se emprendió con entusiasmo». Recorrió las provincias para reunir los fondos. Dos cartas lo nombran: en marzo de 1180 un señor le cede sus derechos sobre el paso del Ródano, a él «procurador de la construcción del puente»; en abril de 1181 se le llama inceptor et minister de la obra. Ese mismo año abrió un hospital de San Benezet para viajeros pobres. El puente tuvo veintidós arcos sobre casi novecientos metros. Murió en 1184, un año antes de que se terminara, y quiso ser enterrado no en la catedral sino en una capilla levantada sobre una pila, en medio de su obra. Su tumba se hizo peregrinación; se le llamaba beatus ya en 1202 y sanctus en 1233, y Juan XXII aprobó su veneración en 1331. La leyenda, en cambio, hizo de él un pastorcillo de doce años que levanta una piedra que treinta hombres no habrían movido: así se le pinta. El examen de sus reliquias, en 1980, devolvió a un hombre de un metro sesenta y cinco, muerto entre los veinticinco y los treinta años.
Joven que lleva una pesada piedra de sillería a la espalda o en brazos, cayado de pastor, un puente sobre el río al fondo.