Dos amigos escondidos en casa de una viuda tras la gran persecución, denunciados al año siguiente.
Escaparon a la matanza que se llevó a Potino, Blandina y sus compañeros, y se refugiaron en Vaise, extramuros, al pie de la colina y al noroeste de la ciudad, en casa de una viuda llamada Lucía que los guardó unos meses. Los denunciaron. El gobernador los interrogó juntos y no obtuvo abjuración alguna; entonces los separaron, y los dos suplicios no fueron iguales: a Epípodo lo pusieron en el potro y lo decapitaron, a Alejandro lo crucificaron dos días después. Unos cristianos se llevaron los cuerpos de noche y los enterraron en una gruta, en una colina entonces extramuros que la ciudad ha alcanzado desde entonces; más tarde los trasladaron junto a san Ireneo, a la cripta que lleva su nombre. Lucía había guardado un zapato de Epípodo, del que se decía que curaba. Uno de los rastros más antiguos de su culto es una homilía lionesa mucho tiempo puesta bajo el nombre de Euquerio, que la crítica sitúa en la colección seudoepigráfica Eusebius Gallicanus y atribuye a Fausto de Riez; su Pasión se escribió en el mismo siglo, y la erudición moderna discute incluso su existencia. Sus reliquias fueron destruidas en 1562 durante el saqueo de la ciudad.
Dos jóvenes en túnica, con la palma del martirio; la espada para Epípodo, la cruz para Alejandro. Estatua de 1931 en San Pablo de Lyon.