Niña de doce años que fue, sola, a decir al juez lo que pensaba de sus dioses.
En 304 el edicto de Diocleciano alcanzó Mérida, capital de la Lusitania. Eulalia tenía doce o trece años; sus padres, cristianos, la llevaron al campo para ponerla a salvo. Se escapó de noche, volvió a la ciudad y se presentó por sí misma ante el gobernador Daciano para reprocharle que forzara las conciencias. La halagaron, le mostraron los instrumentos, le prometieron un buen matrimonio; ella derribó el ídolo y escupió sobre el incienso. Fue quemada viva. El poeta Prudencio, un siglo después, le dedicó un himno del *Peristephanon* que fijó el relato y extendió su culto por toda Hispania. Es patrona de Mérida, y su nombre no debe confundirse con el de Eulalia de Barcelona, festejada el 12 de febrero.
Muchacha muy joven en túnica, con palma y corona; una hoguera o una cruz en aspa, y a veces una paloma que sale de su boca.