Obispo de las primeras comunidades orientales y Padre Apostólico, sufrió el martirio en Roma, entregado a las fieras en la arena. Sus cartas permanecen como un testimonio fundamental para la teología cristiana primitiva.
San Ignacio de Antioquía fue el tercer obispo de Antioquía, una de las Iglesias más importantes del cristianismo primitivo, sucediendo según la tradición a san Pedro y a Evodio. Discípulo de los Apóstoles, es considerado uno de los Padres Apostólicos. Arrestado bajo el reinado del emperador Trajano (principios del siglo II), fue condenado a ser enviado a Roma para ser arrojado a las fieras en el anfiteatro. Durante su largo viaje hacia el martirio, bajo una fuerte guardia militar, Ignacio escribió siete cartas a las Iglesias de Asia Menor (Éfeso, Magnesia, Trales, Filadelfia, Esmirna) y a su amigo Policarpo de Esmirna, así como una carta crucial a los Romanos. Estas cartas son de un valor inestimable para comprender la teología y la organización de la Iglesia cristiana a principios del siglo II. En ellas insiste en la unidad de la Iglesia en torno al obispo, en la importancia de la Eucaristía como 'carne de Cristo', y en su ardiente deseo de martirio, viéndolo como un medio para imitar a Cristo y alcanzar a Dios. Fue martirizado en Roma, probablemente alrededor del año 108. Su testimonio de fe y su enseñanza lo convierten en una figura mayor del cristianismo antiguo.