Dos soldados romanos que arrojaron las armas tras su bautismo, mártires de fecha indeterminada cuyo epitafio grabó el papa Dámaso.
De ellos no se sabe sino lo que Dámaso hizo grabar en su tumba en el siglo IV, y ya es mucho: se habían alistado, ejecutaban por miedo las órdenes crueles de un tirano y luego, convertidos, arrojaron escudos, corazas y jabalinas y confesaron a Cristo. Dámaso no nombra ni al emperador ni el año, y los bolandistas se niegan a fechar su martirio. La inscripción, hallada en fragmentos en la catacumba de Domitila, es uno de los más antiguos testimonios de la objeción de conciencia cristiana — y arruina la leyenda tardía que hacía de ellos eunucos de Flavia Domitila. Sobre su sepultura se levantó una basílica.