Obispo calumniado que desapareció años en el desierto, volvió y gobernó hasta los ciento diecisiete.
Eusebio de Cesarea, que escribe un siglo después de él y cita testigos aún vivos, refiere lo esencial. Obispo de Jerusalén hacia 180, Narciso fue acusado de un crimen por tres hombres que juraron llamando sobre sí, si mentían, el fuego, la enfermedad y la ceguera. Nadie los creyó, pero él, que ya amaba la soledad, dejó la ciudad y desapareció varios años en el desierto. Se lo dio por muerto y se le dieron sucesores. Los tres acusadores, dice Eusebio, fueron alcanzados como habían jurado: el primero pereció en un incendio con toda su casa, al segundo lo devoró la enfermedad, y el tercero, aterrado, confesó la mentira y lloró hasta perder la vista. Narciso reapareció entonces y el pueblo lo repuso; demasiado anciano para cargar con todo, se hizo agregar a Alejandro como coadjutor, uno de los primeros casos conocidos. Habría llegado a los ciento diecisiete años.
Obispo muy anciano de barba blanca; a veces una lámpara o un ánfora, por el milagro del agua vuelta aceite.